27.5.12

 

 

 
Pablo Picasso
1er Carnet #VIII (8.7.1959)

 

[...] El contacto con el toro bravo es lo que nos hace toreros. Quizá sea el contacto con su soledad en el campo, lo que hace que el hombre se vaya consolidando en su carácter. Y en este caso, al referirme al hombre, he de hacer alusión directa de mí, ya que, al pedirme estas cuartillas, quisieron hacerme protagonista del relato. Supe también en el campo y en este contacto con lo que el público llama la fiera, lo que debía rehuir para no convertirme en lo que Antonio Machado llamaba: « España de charanga y pandereta, cercado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta». Supe desde el primer momento que buscaría algo más, que encontraría otras inquietudes en mi vida. No admito la carnavalada más que en las máscaras de Goya o de Solana. Estoy más cerca de la pintura negra Goyesca, que de la fiesta en la Pradera de San Isidro. En él campo castellano fui puesto en contacto con esa España más profunda, que es la España del campo en donde no cabe el oropel, porque las vestiduras son de cuero, en donde no sirven las panderetas, porque su tamborileo sería borrado por la profundidad de su horizonte. Conocí a la par a los hombres que a nadie engañan, porque nacieron ayunos de aspiraciones por una tradición de inexplicable resignación, porque nadie les ha querido despertar sus conciencias. Y conocí a la par al toro, alejado del albero de la plaza, en donde assume el papel de antagonista en este festejo, en el que el papel de protagonista, de héroe legendario, se le ha atribuido al torero. Y estoy conforme — ¿por qué no? — en el reparto que en la Gran Comedia Humana, me ha tocado en suerte o en desgracia representar.

En un herradero, en una tienta, en cualquiera de esas faenas que hay que realizar antes de que el toro se encuentre en condiciones de ser lidiado, puede estar el secreto de la trascen­dencia con que tratamos de revestir a este espectáculo de multitudes, espectáculo capaz de despertar pasiones insospechadas. Si no le diésemos, si no revistiésemos a la corrida de la precisa trascendencia, no resultaría serio — ya lo he dicho en otras ocasiones — que un hombre con unas medias rosas, luche con un toro en medio de una plaza, y todo esto en plena Era atómica; a primera vista no parece serio.

Pero algo más que la simple pandereta, hay en las entrañas de esta fiesta. Algo más existe, efectivamente, si sus protagonistas tienen algo más que lo superficial. Sin embargo, no puede evitarse que como frivolidad sea tomado a veces, un espectáculo que es la lucha a muerte entre toro y torero. Pues sí, es un juego, casi una frivolidad, para el pueblo más familiarizado con la muerte que haya existido jamás: España. 

 

 

Luis Miguel Dominguín

in Picasso, Toros y Toreros

© 1980 Alpine Fine Art Collection, Ltd, 

New York, New York

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